jueves, 6 de septiembre de 2007


Una de las cosas más recurrentes en este siglo por la mayoría de las familias que tienen un ser querido “anciano” en su casa, es procurarles las comodidades necesarias para que tengan un mejor pasar.
¿No es ésta una frase que todos quisiéramos?
Sin embargo, en este tiempo, vemos que los “ancianos” son unos estorbos para las familias, ya que, les limitan su vida.

En esta época cada uno de los integrantes de una familia tiene sus actividades diarias: los padres trabajan, los hijos estudian y no hay quién se haga cargo de ellos. En otras palabras, no hay honor a sus canas.
Por esto vemos hoy que, muchos de los ancianos viven en completa soledad y abandono por parte de los hijos. No hay llamadas, no hay visitas, no hay cariño, no hay atención, no hay preocupación por sus necesidades.
Muchas veces señalé que no debemos hablar en contra de los familiares porque no sabemos de qué manera sembró aquel anciano en su familia: si fue rudo, si fue cariñoso, si fue déspota, si fue autoritario, si fue considerado, etc. la mayoría está cosechando lo que ha sembrando.

¿Qué hacer? Perdonar y recordar lo que el Señor, que hizo los cielos y la tierra, nos señala:
“la gloria de los jóvenes es su fuerza;
la belleza de los ancianos, su vejez”.

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